Entender que podía tener una resistencia tan alta a la idea de alcanzar mis sueños fue algo que me sacudió la cabeza por mucho tiempo. Y al hacer la reflexión que hice al inicio me quedé con una pregunta sin responder. ¿y… qué situación tan traumática pude haber yo tenido con el éxito como para tenerle tanto miedo?

Fobos era el hijo de Ares y Afrodita, es curioso pensar que fruto de la unión entre el amor y la guerra pudiera nacer la personificación del miedo. De este viejo personaje viene la palabra Fobia que es la que describe un miedo exagerado, irracional, paralizante que llega incluso a entenderse como un trastorno de ansiedad. 

Y las fobias hay muchas, y se generan, en la mayoría de las veces, por situaciones traumáticas que pueden suceder consciente o inconscientemente. Un perro que muerde en una temprana infancia, un encuentro cercano con un insecto que no conocemos y que nos genera repulsión, una situación de estrés extremo que sucede en un lugar oscuro o encerrado. Se puede decir que de muchas maneras es justificada una fobia cuando se conoce su raíz.

Pero qué pensar cuando se reflexiona sobre el miedo al éxito. Y lo relaciono con la palabra fobia, porque ante situaciones en las que tengo la opción de lograr algo grande en la vida, me he visto con todos los síntomas de un ataque de ansiedad: las manos sudorosas, la respiración acelerada, el quedarme pasmado sin saber cómo reaccionar, el quedarme sin sueño y con un malestar único que no permite quedarme quieto.

Hace años, cuando una muy querida mentora me hablaba sobre si debía reconocer a qué le tengo miedo: ¿a fracasar? pues no iba por ahí el tema, porque podía mirarme en una situación de fracaso y me sentía totalmente capaz de asumirlo, podía visualizarme en un momento bochornoso o totalmente desatinado perdiendo y luego con la energía suficiente para levantarme y empezar de nuevo. Pero cuando mi mentora completó la pregunta… ¿o le tienes miedo a tener éxito? y fue como si mi mente cayera de un décimo piso. Nunca me lo había propuesto. Y al imaginarme en un podio con luces, siendo aclamado por miles de personas, recibiendo un reconocimiento por las cosas que pude lograr en lo emprendido, me quedé pasmado. No podía imaginarme viviendo un momento así, es más, podía ver la silueta de esa persona abrazando el éxito, pero no podía mirar mi rostro pegado a ese ser. Y solo pensarlo me recorría un corrientazo por la espalda, tuve que reacomodarme en el asiento y solté un suspiro profundísimo.

Entender que podía tener una resistencia tan alta a la idea de alcanzar mis sueños fue algo que me sacudió la cabeza por mucho tiempo. Y al hacer la reflexión que hice al inicio me quedé con una pregunta sin responder. ¿y… qué situación tan traumática pude haber yo tenido con el éxito como para tenerle tanto miedo?

Nadie me encerró con mi éxito ni tampoco me mordió la cara y me dejó una cicatriz, es más, las memorias que tengo de mí mismo logrando cosas grandes y recibiendo reconocimientos son muchas, porque de niño siempre busqué destacar en todo lo que emprendía.

Cómo pudo en mi mente generarse una impronta que, ahora, a esta edad adulta pudiera detenerme ante la idea de lograr objetivos.

Se dice que, por naturaleza, el ser humano tiene la capacidad de resolver problemas, de lograr objetivos, es una de las razones por las que ahora se encuentra, si está bien decirlo, en la cabeza de la línea evolutiva. Cómo puede, algo que es parte inherente en mí causarme miedo como si se tratara algo externo, desconocido, incontrolable.

Entonces es que vino a mi un artículo que hablaba sobre las enfermedades autoinmunes. Esa condición increíble en la que nuestro cuerpo confunde las señales y empieza a detectar que nuestras propias células son un agente peligroso, una especie de virus o bacteria que debe ser suprimida y termina atacándola.

¿Cómo puede nuestro cuerpo confundir las señales y empezar a agredir órganos y células sanas como si se tratara de enfermedades?

Pues, aún no hay un estudio concluyente, pero el artículo que en ese momento leí resaltaba la exagerada cantidad de estímulos a los que nuestro cuerpo se expone a diario como una posible razón. Pues resulta que los códigos que se escriben en nuestro ADN cuando superamos una enfermedad para poder protegernos en caso de volver estar expuestos a la misma, se podrían trastocar cuando la variedad de químicos, agentes no orgánicos e incluso radiación son demasiados; es entonces que nuestro sistema inmune puede llegar a saturarse de información y errar su función.

En ese entonces tenía muy fresco todavía el sacudón por el descubrimiento de mi miedo al éxito, así que no me costó mucho empezar a encontrar una analogía en todo esto. Y es que no me resulta nada extraño pensar que, al estar expuestos a tantas ideas de éxito, a tantas historias de gente que a edades demasiado tempranas logran lo que muchos han tardado toda una vida para alcanzar. encontramos en cada magazine las recetas para alcanzar el éxito, los 5 tips infalibles, las 10 características, los 20 secretos que nadie quiere que te enteres, etc, etc, etc.

¿Estaría mal pensar que, ante tantas historias, nuestra mente insconscientemente haya confundido el rumbo y haya empezado a pensar que el éxito es algo que no se debe alcanzar?

Porque cuando quiero emprender una idea, hay ya 10 personas que, con menos oportunidades e incluso con discapacidades ya lo han logrado. Porque cuando quiero establecer una meta financiera, existe un niño de 12 años en otro rincón del planeta que ha multiplicado esa cifra por 20 y está pensando ya en jubilarse para dedicarse a viajar por el mundo. Porque cuando quiero bajar estos kilitos de más que me cuestan tanto puedo mirar a esa mujer que pesaba más de 100 kilos y que ahora es modelo de hawaiian tropic y da charlas motivacionales.

Y no desmerezco los logros de otras personas, para nada. Solo pongo la atención en nuestra habitual capacidad de compararnos con otros. Quiero dar una charla pero no tengo los mismos estudios que fulano; me encantaría generar un canal de contenidos en youtube, pero no tengo los equipos ni la gente como con la que trabaja sultano; quisiera tener mi casa como la tiene mengana pero no tengo el mismo tiempo que tiene ella para dedicarle a tanto detalle y tanto arreglo.

Entonces, ese exceso de información no necesaria empieza a confundir el ADN de nuestra mente, porque de repente el logro que era mío resulta que deja de ser mío, me lo arrebató alguien más que ya lo tiene o que lo tuvo mucho antes que yo. Y esta actitud recurrente nos genera ese anticuerpo defectuoso llamado “no me siento suficiente”.

No sentirme suficiente es la principal causa para empezar a tener un miedo irracional al éxito. Y ese sentimiento sí que tiene un origen, una excesiva persecución de lo que otros tienen.

Un caso similar a las enfermedades autoinmunes sucede con las alergias, porque nuestro cuerpo encuentra en elementos externos, usualmente inofensivos, una potencial amenaza y por ello ante la presencia de polvo, frío, polen, sudoración, pelo de animal (que son cosas que por si solas no matarían a nadie) nosotros reaccionamos con tos  o estornudos (necesidad de expulsar), con cierre de vías respiratorias o inflamación de mucosas (necesidad de impedir que algo entre) con ronchas por el cuerpo y picazón (necesidad de cubrir y proteger la piel) y así vamos por el mundo con esa condición de que todo me puede dañar.

Sin embargo, es conocido también que cuando una persona sale de su rutina, cambia su entorno, corta con las situaciones que emocionalmente la tienen alterada y repentinamente encuentra paz mágicamente muchas de esas reacciones alérgicas encuentran una cura solas. En biodescodificación se encuentra un origen emocional para casi todas las alergias, y en tratamientos alternativos, al liberar emociones y limpiar las situaciones que crean esa emoción se han visto muy buenos resultados.

Puedo pensar entonces, que, si el exceso de información, si mi capacidad de verme comparado con otros es lo que me tiene paralizado a la idea de tener éxito, entonces muy probablemente el alejarme de todo eso pueda ayudarme a romper esa programación.

Hace algunos años, cuando decidí realizar la primera charla ya había meditado mucho sobre esta idea. Fue entonces que me lancé al ruedo y casi sin pensarlo oferté una fecha, me hice de un equipo de amigos entrañables que también me sostuvieron en mi decisión y no me dieron tiempo para pensar.

Estaba hecho, el lugar reservado, las invitaciones entregadas, las confirmaciones hechas y por esos días me di el permiso de mantenerme tan ocupado como pude para no pensar en todo lo que representaba ese momento. Antes de poder arrepentirme estaba ya la noche anterior a la presentación preparando el escenario, conectando las máquinas y probando las diapositivas.

Mi primera presentación era ya toda una realidad y por vez primera no había tenido el tiempo suficiente para sabotearme, para compararme, para dejar que el miedo prospere.

Por la noche, motivado como estaba, se me ocurrieron unas ideas de última hora, y pasé editando videos y modificando la presentación. Nunca me visualicé dando la charla, sino solamente con mi atención en la información que quería compartir y en los ejercicios que quería lograr. Cuando estuve satisfecho pude dormir plácidamente.

En el día de la presentación estaba nuevamente parado en el miedo, si las cosas no salían bien, si olvidaba algún elemento, si al hablar perdía el hilo, si alguien me preguntaba algo para lo que no estaba listo a responder, si la gente se iba de la charla inconforme sintiendo que había perdido su tiempo. Tuve ganas de llamar a mi amiga que era quien me apoyó con la logística y decirle que cancele todo, que yo me iba para mi casa de vuelta.

Y al sentir esa ansiedad profunda, reconocí al viejo miedo, respiré y le dije mentalmente: “esta no te la voy a permitir” y entré en la sala de capacitaciones para recibir a los invitados.

Vale decir que, entré sin ninguna expectativa, solo con la gana de compartir algo que había descubierto y que me había funcionado muy bien durante meses y que sentía que debía conocerlo más gente. Luego de dar el saludo de bienvenida fue solo como poner play a una película, las cosas se fueron dando, los ejercicios fluyeron, había atención y emoción sobre lo que decía y cuando menos esperé era hora ya del break. La gente no quería parar pero había que darse un descanso también. Durante el break las personas se acercaron a preguntarme más cosas y me di cuenta que había tocado una fibra sensible, así que volví motivado por la última hora de la charla, cerré con el ejercicio que había preparado la noche anterior y al final la gente aplaudió con ganas. 

Al despedir a las personas y recibir su feedback sobre cómo se habían sentido pude completar la imagen que mi mentora me había puesto esa noche y que tanto me había sacudido. Quizá no era el logro más increíble de la vida pero había sido ya un primer paso. Mientras dejábamos las cosas del salón en orden y nos disponíamos a salir respiré profundamente y le dije a mi miedo mientras salía del salon: “¿ves? si soy suficiente”.

La mente, nuestro ego o como quieras llamarlo, es un experto en crear realidades ficticias en la cabeza. Dentro de ella todas las programaciones limitantes se pueden aplicar a rigor y con toda la fuerza del mundo, por ello es que el miedo a tener éxito puede ser tan intimidante. Pero cuando sales de esa mente al mundo real, te encuentras en un espacio distinto donde la mente de verdad ya no tiene tanto poder, y el mundo te puede dar información muy distinta a la que pensabas que podría suceder, a veces incluso cosas tan increíbles que se acercan a nuestra idea de milagros.

Si mi mente me tiene condenado a temerle al éxito, pues puedo salir de ella y hacerlo de todas formas. Si no me veo siendo próspero, grande, exitoso, pues al lanzarme quizá pueda crear esa imagen y entonces volver a mi mente y decirle “¿ves? ¡si pude!” y entonces tu mente cambiará ese paradigma, esa realidad, y estarás con la puerta abierta para ir sin miedo a la vida y al éxito personal.